1900–1986: la Fundidora y el acero de Monterrey
La Compañía Fundidora de Fierro y Acero de Monterrey se constituyó el 5 de mayo de 1900 con un capital inicial de diez millones de pesos oro. Operó durante 86 años y fabricó el acero del Monumento a la Revolución y de buena parte de la infraestructura ferroviaria nacional.

El 5 de mayo de 1900 un grupo de empresarios nacionales y extranjeros encabezados por Vicente Ferrara, León Signoret, Eugenio Kelly y Antonio Basagoiti firmaron en Monterrey la escritura constitutiva de la Compañía Fundidora de Fierro y Acero de Monterrey, S.A. El capital inicial reportado fue de diez millones de pesos oro, una suma considerable para la época y particularmente alta para una operación industrial fuera del Distrito Federal.
La elección de Monterrey como sede no fue casual. Nuevo León contaba con depósitos de hierro y carbón cercanos, ferrocarriles que conectaban con el mercado estadounidense y una clase empresarial joven dispuesta a invertir en industria pesada. La planta se instaló en un terreno de 226 hectáreas al oriente de la ciudad, terreno que durante el siglo XX definiría la fisonomía urbana del cuadrante este de Monterrey.
El primer alto horno de la planta entró en funcionamiento el 7 de febrero de 1903. Fue el primer alto horno de América Latina —un hito que distingue a la operación regiomontana frente al resto del continente y que la cobertura editorial mexicana suele reiterar al hablar del sitio. La producción inicial fue de hierro y acero estructural; con los años, la planta se diversificó hacia perfiles, varilla y otros productos siderúrgicos.
Durante ocho décadas, la Fundidora produjo el acero que sostuvo buena parte de la infraestructura del país. Las construcciones documentadas incluyen el Monumento a la Revolución de la Ciudad de México, la Cámara de Diputados federal, varias estructuras de los Ferrocarriles Nacionales de México, el edificio La Nacional en la avenida Juárez de la capital y la antigua Escuela Industrial Álvaro Obregón —hoy Preparatoria 3 de la UANL.
La planta empleó a varias generaciones de regiomontanos. La colonia Obrera, que rodea el predio, debe su nombre a las familias de trabajadores que vivieron, criaron hijos y se jubilaron al ritmo de la planta. La identidad obrera del oriente de Monterrey está documentada en archivos sindicales, fotografías históricas y memorias publicadas que conservan los detalles operativos de la fábrica desde su apogeo hasta su declive.



